Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto deBruselas, un nuevo país, una nueva ciudad, una nueva lengua… por unos segundos sentí pánico, pensé: ya llegué, ahora ¿qué?, lo primero que debía hacer era ir a buscar mi equipaje, todo un desafío cuando estás en un aeropuerto enorme y no entiendes las explicaciones que amablemente te dan las azafatas en inglés o en francés. En mi cabeza se empezaron a mezclar miles de lenguas que escuchaba tanto por los altavoces como por la gente que estaba cerca de mí; no reconocía ninguna, así que decidí seguir a alguien que hubiera viajado en el mismo vuelo que yo porque también tendría que recoger sus maletas.
Funcionó; sí, por fin llegué a las cintas y pude recoger el equipaje. Para salir, lo mismo: seguir a la gente. Al fin llegué a una puerta, había gente esperando con carteles en las manos donde estaban escritos los nombres de los viajeros. Finalmente encontré uno en el cual lo que había escrito se parecía bastante a mi nombre. Allí estaba la coordinadora Mme Lontie, que vino personalmente a buscarme. Ya me sentí bien, más segura. Era la primera persona que conocía en esta nueva ciudad. Ya había superado el primer reto. Ahora estaba en sus manos llevarme hasta mi residencia.
Más relajada en el coche, observaba por la ventana todas las calles, casas, carteles, personas, todo aquello que era nuevo y diferente para mí. Lo que más me llamaba la atención era cómo vestía la gente: había quien vestía con ropa de verano, pero también quien llevaba jersey. ¿Cómo vestiría yo? Me preocupé porque a penas llevaba ropa de verano. Según tenía entendido, en Bélgica no hacía mucho “calor”, pero ahora entiendo que los pocos días que sale el sol y sube unos grados la temperatura, los belgas aprovechan para sacar su ropa estival del armario.
Llegué al apartamento, un chico joven nos lo enseñó a la coordinadora y a mí. Entre los dos me explicaron quien vivía allí, donde podía ir a comprar, donde quedaban las paradas de metro, autobús,… No lo entendí muy bien, pero tuve suerte cuando por la puerta entró Valerie, una chica belga que pasó un año en México y habla bien el español. Me alegré mucho cuando me habló, por fin había alguien con quien poder entenderme. He hecho gran amistad con ella y es una perfecta guía para visitar la ciudad.
El primer día en la universidad no fue nada complicado. Para llegar, bus y metro que funcionan igual que en otra ciudad. Eso sí, el mapa siempre en mano y siguiendo cada parada para no pasarse. Allí, la coordinadora, me llevó a su despacho, me dio horarios, me presentó a algunos profesores que íbamos encontrando por los pasillos.
Los compañeros: hay que decir que cuando más frío es un país, más cerrada parece ser la gente; y ponerse a hablar con alguien que no habla su lengua es algo que no todos se dedican a hacer. Pero siempre hay gente muy amable, que le resulta curioso tener un compañero Erasmus en clase y lo acogen muy bien. Lo más curioso de todo es que no conoces a mucha gente, porque son muchas caras y nombres nuevos y raros, pero ellos sí te conocen a ti; todo el mundo te saluda con un “Hola chica, ¿qué tal?” en español.
Bien, sólo me queda por decir a los futuros compañeros Erasmus que adelante, que vayan con muchas ganas, y que, aunque al principio es difícil, te sientes solo y sólo cuentas el tiempo que te queda allí, eso es al principio; después todo te gusta y empiezas a disfrutarlo. Yo ya llevo un mes aquí, y la verdad es que los dos que me quedan me parecen pocos.




Bruselas













