La sudafricana de 18 años Caster Semenya, pendiente de un control para determinar su verdadero sexo, se impone en la final de los 800 m. Caster Semenya (18 años), sometida a un control de sexo tras las dudas sobre su feminidad, se llevó el oro con un tiempazo 1.55:46. A la chica, o lo que sea, hay una cosa que le motiva más que el atletismo, el deporte que, de la noche a la mañana, le ha consagrado como una estrella mundial en los 800 metros cuando apenas ha alcanzado la mayoría de edad. Su afición más allá del tartán no es salir de compras o escuchar música, preferencias habituales entre las deportistas de su edad, acostumbradas a viajar, a conocer pronto la felicidad material. "A mí me encanta el wrestling. John Cena es mi luchador favorito". Gustos aparte, Caster Semenya es ya, sin oposición, la historia de estos mundiales. Por surgir de la nada y en nueve meses, entre octubre de 2008 y agosto de 2009, rebajar su marca hasta 1:56.72 -la mejor del año-, un mordisco de casi ocho segundos. Y porque, a la espera de los resultados de un examen que, supuestamente, determinará su verdadero sexo, hay quien duda de si ella, en realidad, es él.
Semenya no abre la boca, nunca jadea. Su expresión es la de alguien que sale a hacer 'footing' por la mañana. Ella habla con sus tremendos cuádriceps, con su movimiento armónico de brazos y hombros que parecen sacados de una revista de 'fitness', con su exagerada capacidad aeróbica. Así, el prodigio destroza a sus rivales desde la salida, marcando unos asfixiantes 56.83 en los primeros 400 m., suficiente para dejarse llevar al final hasta unos nada fáciles 1:55.46, con todas sus rivales aún a mitad de recta. Así, Mayte Martínez, la única de las competidoras nacida en la década de los 70, sólo pudo ser penúltima con unos notables 1:58.81.
Campeona del mundo con 18 años, ahora espera la decisión de los servicios médicos de la IAAF, quienes analizan las pruebas que confirmen su condición de mujer, un tipo de control que dejó de realizarse en los JJOO de Sydney 2000. El caso no preocupa a su entrenador, Michael Seme. "Puedo daros el teléfono de sus compañeras de habitación en Berlín. Ellas la han visto en la ducha y no tiene nada que ocultar", explicó a los periodistas sudafricanos. No parece el suyo un caso experimental, como los de la antigua RDA y la Unión Soviética, a base de hormonas.
Si acaso, por profundizar en la hipótesis, existe la posibilidad de que voz tan varonil, musculatura tan poderosa y ese incipiente bigote pudieran deberse a un pasado hermafrodita, como el de la brasileña Edinanci Silva, reputada yudoca, nacida con pene pero con órganos internos femeninos. Ella siempre se sintió mujer y en 1996 se sometió a una doble operación que permitió la extirpación de su parte masculina y una reconstrucción clitoriana. "Hay muchas yudocas que no quieren pelear conmigo", lamenta desde entonces.
Semenya no tiene ese problema. Tampoco se diferencia tanto del resto. Su prueba, los 800 metros, ha dejado de ser un reto para las mediofondistas y cada vez son más las velocistas del 400 que tratan de alcanzar el éxito en la doble vuelta al anillo. Así, la keniana Pamela Jelimo -ausente en la final por lesión-, un año mayor que Semenya, campeona olímpica y la mujer que más se acerca al sospechoso récord mundial del la checa Jarmila Kratochvilova (1:53.28 en 1983), tampoco es un ejemplo de delicadeza, como tampoco lo fue Maria Mutola. Con este argumento se defiende hoy la joven sudafricana.
Quién sabe. Quizá todo se deba a un caso de dualidad, a una descompensación del ying y el yan. Su ADN dirá.
1.500: La herencia de konchellah
De nuevo falló Baala en una gran cita. Se diluyó en la recta para finalizar, agotado, en la séptima posición. Tampoco está ya Bernard Lagat, defensor del título logrado en Osaka, para muchos trotes.Al menos cazó un bronce para quitarse el mal sabor de Pekín, golpe del que asegura no haberse repuesto aún. En una prueba cada vez más abierta, sin un dominador claro desde la retirada de El Guerrouj, más aún desde que se descubrió la trampa de Ramzi, todo se juega en la última vuelta, en la velocidad punta de los participantes.
El más rápido fue Yusuf Saad Kamel (3:35.94), otro corredor importado por Bahrein para alcanzar la gloria internacional. Hubo un tiempo en que Kamel, origen ochocentista -de ahí su potente final- y keniano, se llamaba Gregory Konchellah, hijo de Billy, campeón mundial de 800 m. hace 22 años en Roma. Su progenitor no volverá a mirarle por encima del hombro. En la primera final de la historia de los campeonatos sin presencia española, la medalla de plata fue para el etíope Deresse Mekonnen.
(Elmundo.es)
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